Este artículo lo saqué del baúl de los recuerdos.... cualquiera que se sienta identificado o tenga un cuento parecido en los años 90 es pura coincidencia y lo hace bajo su propia responsabilidad.
MISION IMPOSIBLE SECRETARIA
Norka Osorio
Aunque este año el día de la secretaria marcaba el martes como el día de la celebración, ocurrió como siempre suele ocurrir: jefes y secretarias prefirieron aguantarlo hasta el viernes para abarrotar los hoteles capitalinos. Gisela y Marcos, una linda parejita con deseos de celebrar su noviazgo, no previeron la situación y terminaron pasando horas en las salas de espera y ruleteando por Caracas buscado un cuarto disponible.
Caracas, viernes, 8:00 pm: dos personas buscan un cuartico. En otras circunstancias, la cosa
sería fácil, pero como todos los años, los jefecitos sacan a pasear a sus secretarias para
celebrar su día y gratificarlas por su extenuante labor. No hay vacantes, pero la parejita no lo
sabe.
No hay nada más pavoso que salir a buscar un hotel, un restaurant o una constancia de estudio
el día de la secretaria. Pero Gisela y Marcos no se percataron de esto, y lo que en principio
prometía ser una noche llena de romance y pasión para celebrar los meses de novios que ese
mismo día cumplían, se convirtió en un triste y lamentable peregrinaje. Sólo algunos pocos
salieron a celebrar el 30, la mayoría prefiere dejarlo para el viernes, todos tienen real.
- Ya está todo cuadrado-, dice Marcos, -cenamos y pasamos la noche juntos en un hotel-.
Gisela ya había avisado en su casa que saldría de rumba con Patricia, y que posiblemente se
quedaría en su casa. -Te gusta la idea?- pregunta Marcos, esperando una aprobación que ya era segura. La cola de la autopista funcionaba como un afrodisíaco, aumentaba las ganas de la parejita. No hay un solo venezolano que no se crea el cuentico ese de que lo bueno se hace esperar, así que todos creen que mientras más lejos está la meta, más ganas te dan.
Hotel Dallas, 11:00 pm: Después de la cena, finalmente llegan al hotel. La sala de espera está llena, así que a Gisela y a Marcos les toca esperar afuera, pero como ellos no tienen nada que esconder, se tripean la nota. -Mejor así, aquí afuera hace menos calor y se ven las estrellas-, dice Gisela mientras amapucha a Marcos.
Hotel Dallas, 11:30 pm: La cosa no se perfila tan agradable. Varios clientes se han quejado por el servicio, la mayoría de los ejecutivos encorbatados no comparten la idea de Gisela y les parece que esperar afuera con la secre, es una mala nota, así que los que no desaparecen, se ponen de mal humor y no dejan ni hablar a sus felices acompañantes, por lo menos hasta que el tipo de la lista les dice que falta poco. Las mujeres están más nerviosas que los hombres, no se deciden entre comenzar las caricias al aire libre o pagarse un taxi a su casa y renunciar al cargo de ejecutivas que les prometieron para sacarlas a pasear. Una parejita al lado de Gisela y Marcos discute la posibilidad de tomar otro rumbo: -Mira mi amor, yo creo que lo mejor es que nos vayamos y vengamos otro día, ya me estoy cansando de esperar-, dice ella. -Quédate tranquila, que ya falta poco, los próximos somos nosotros, además, tú misma fuiste la que dijo que de este fin de semana no pasaba-
Para Gisela y Marcos lo importante es pasarlo realmente bien, no tienen ganas de discutir, pero tampoco de seguir esperando, así que deciden picar caucho aprovechando que todavía es temprano.
Cualquier calle de Caracas, 11:50 pm: Un corto recorrido por el casco de la ciudad, le demuestra a la desdichada pareja las perspectivas de la noche: el American Dallas es inpagable, el Bomrru es muy feo, el Gil Mar tiene cola por las dos entradas. Más hacia el oeste, la cuestión se pone peligrosa, sin embargo, se dan una pasadita por la famosa calle que comunica Bello Monte con la Plaza Venezuela. Allí, aunque la mayoría son seudo burdeles, hay uno que otro en los que se puede echar un ojito.
Casi todos los hoteles aumentaron sus tarifas con motivo de la gloriosa celebración, para Marcos la cosa se va poniendo un poco más complicada de lo que esperaba. Aunque las opciones son variadas, las posibilidades de agarrar una enfermedad con el sudor de sus predecesores va aumentando a medida que las posibilidades económicas van disminuyedo: el hotel Bruno es demasiado caro, el Liana es demasiado chaborro, la Naranja ni hablar. Las birras
aumentan de dos en dos cada vez que se atraviesa una licorería de turno o una arepera.
Av. Casanova, 12:35 am: Cansados de dar vueltas y de pasear de noche por la ciudad abarrotada de secretarias despeinadas, yuppies sin proyectos y taxistas enzamurados, finalmente caen en el Valle Verde. Las aspiraciones de una noche elegante se desvanecen al ver la punta del Cumberland en la esquina del frente. La ironía de la noche es tenerlo tan cerca y no poder cruzar la calle para acabar con este peregrinaje.
La cola en el Valle Verde es realmente larga pero Gisela y Marcos todavía conservan su capacidad para burlarse de la gente que los rodea y de ellos mismos. El ambiente es más familiar en la nueva sala de espera. El lugar parece un banco, pero como si todos se conocieran, se turnan los puestos para salir a fumar. Las mujeres de la limpieza miran ansiosas el reloj; cada vez que se acaba el tiempo de alguno, sonríen sádicamente y van a tocarle la puerta, hacen una limpieza flash y llaman al siguiente. Parece un ciclo inalterable. Las parejitas -mucho menos encopetadas que las del Dallas- dan la impresión de haber pasado por esto varias veces. Así que los noviecitos sencillamente se lo tripean y algunos hasta se dan el lujo de esperar una habitación de su agrado.
La mayoría de ellos dejan la sala de espera como si se fueran de una fiesta familiar. Se despiden quinientas veces de sus nuevos amigos, casi que intercambian teléfonos y hacen notar que, pase lo que pase en el cuartico, nada será mejor que haber compartido la noche del viernes en la sala de espera.
Gisela observa el pintoresco panorama con asombro y le propone a Marcos un cambio de estrategia. Marcos no quiere quedarse con las ganas, así que decide darlo todo en el último intento.
Carretera Panamericana, 2:10 am: La Panamericana no tiene luz, la garúa amenaza con despegar los cauchos del suelo. Un accidente más adelante produce una cola que para el tráfico radicalmente. Los conductores locales apagan los carros y esperan pacientemente. El retorno se quedó atrás. No hay salida.
-Coño te dije que agarráramos el retorno para el Orquídea-, dice Gisela ya no tan de buen humor.
-No viste que la cola daba la vuelta, eso parecía más bien una patinata. Además, ¿tú no querías conocer Las Vegas?, para allá es que vamos... bueno cuando la cola se mueva-.
Carretera Panamericana, 2:25 am: Los carros comienzan a avanzar, así que logran llegar hasta la bomba de la Oveja Negra. El tráfico disminuye, pero el canal derecho está paralizado. Marcos, cansado de esperar para coronar la estúpida noche del día de la secretaria con tres horas apuradas en un hotel de carretera, adelanta los carros por la izquierda. La distancia que los separa del cuartico soñado se acorta notablemente, pero cuando pasan la curva respectiva se dan cuenta de que la cola que hay desde la bomba es para entrar al hotel.
Los tripulantes del Fiat vino tinto se lanzan una fugaz mirada que explica que las ganas de todo se han desvanecido junto con la gasolina y las horas de sueño perdidas. Ya no queda ninguna puerta por tocar, lo dieron todo y más que eso. Todas las secretarias del mundo arruinaron un vívido romance que lo único que buscaba era un cuartico en alguna parte de la ciudad o sus alrededores, para celebrar sus merecidos seis meses de pasiones desaforadas y sudores mezclados.
La histeria colectiva puede destruir cualquier cosa. Nada será igual de aquí en adelante, les quedará el recuerdo desesperado de una noche tormentosa que transcurre lentamente dentro del carro. El silencio es absoluto, -no tenemos nada que decirnos-, -hicimos el ridículo-, -Hubiéramos ido al autocine-, son algunas de las ideas que pasan velozmente por sus cabezas.
Hasta que Gisela, ya Panamericana abajo comenta indignada: -hay que ver que esta gente no tiene vergüenza, mira que hacer una cola de este tamaño para echar un polvo-.